Siempre he sido un escéptico,
encadenado en el pragmatismo
de mis palabras escasas,
dignatario de mi congoja.
Aunque una noche de verano
trastonardo por la causalidad
me encontré con tu semblante,
bañado en un cristal penúrico,
maquillado con grietas y trasnocho.
(resplandeces)
Bastó admirarlo por un minuto
para cuestionar mis dioses y sus ideales.
Bastó un segundo para entender sus limitaciones.
Si entre tu saludo y el mío
existe una legua atrincherada
no vale la pena rezar,
mis dioses no existen.
No hay comentarios:
Publicar un comentario