Llevo dos días de fiesta,
he archivado mis banalidades
y me encuentro vecino de la dicha.
Tamborea de emoción mi pecho,
por encontrar tal tesoro arando terreno muerto
y me abraza la fortuna del compartir también
el goce de su brillo con lo común
y sus trivialidades.
Celebro a una diosa, sus ángeles
y a sus milagros recurrentes al tacto,
me resulta imposible hastiarme
de tan apacible presencia,
muero de ansias por acompañarle
en su recorrido
por este mundo barbárico.
Rezo a la luna resultar de su agrado,
escribir poemas en su cabello,
tener la fortuna de acompañar su tibieza
y lograr, bajo la bendición de mis estrellas
que su sentir corresponda al mío.
Definitivamente, ya no me siento solo,
el versus ya no existe, al menos no en su compañía,
ahora somos nosotros contra el mundo.
Me ha bañado la fortuna,
que inmensa alegría pertenecerle.
Me rindo ante su voluntad
y el goce de ser propiedad suya.
Cuando con ella me encuentro, estamos solos,
el resto es un eco de nuestro amor manifestándose.
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